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El duelo

¡Traidora!

Un grito rompió el silencio de la plaza.

-¡Es una traidora!

Esta vez, fue la voz de una mujer quien obtuvo eco en su acusación. La multitud comenzó a despertar convirtiéndose en un coro de voces, algunos más comenzaron a lanzar objetos hacia el centro, donde la joven princesa aún se mantenía de pie. Restos de basura golpeaban su cuerpo, trataba de cubrir su rostro con los brazos y su vestido perdió su esplendor con los faldones manchados de lodo.

Había sido muy tonta al detener el combate, pero de no haberlo hecho Ser Gavilliard hubiera muerto bajo la espada del príncipe heredero, su prometido. No podía permitir que la vida de aquel joven caballero terminara de esa manera. Cuando el príncipe iba a dar el golpe mortal, bajó del templete sin medir las consecuencias, lo único que tenía en mente era detener aquel asesinato.

Un par de meses atrás había llegado al palacio como la prometida del futuro monarca. Sus padres, reyes de un pequeño reino vecino, habían arreglado su compromiso y a pesar de sus objeciones terminó aceptando su destino. Nunca imaginó que tras las puertas de aquel palacio conocería el amor, un amor destinado al fracaso. ¿Por qué tenía que haberse enamorado del hijo del capitán de la guardia? Lo peor, él también la amaba.

Al principio, ambos trataron de marcar su distancia; sin embargo, la atracción que sentían terminó por dominarlos. Los dos sabían que su relación jamás llegaría a ser algo más que una ilusión, sobre todo cuando ella se casara. Aún sabiendo las consecuencias, no se detuvieron. Confiaban en jamás ser descubiertos, una confianza que no debieron albergar.

La noche anterior, el consejero del rey los había descubierto y así fue como Ser Gavilliard terminó enfrentándose en un combate mortal con quien estaba destinado a ser su rey.

-¡Perdonadle la vida, mi lord! –suplicó. –Soy tuya y de nadie más.

El príncipe la miró como nunca, ira teñida de decepción. Desde su llegada había sido atento con ella, pero su caballerosidad no bastó para ganarse su corazón. Ella buscaba más allá de discursos cuidados y finos regalos, alguien que la quisiera como persona y no como princesa.

-Decidir su futuro no está en tus manos, jovencita.

El rey se puso de pie y caminó hasta donde Ser Gavilliard y su hijo habían terminado, éste se encontraba sobre su espalda con el filo de la espada del segundo en dirección de su corazón. La multitud volvió a guardar silencio.

-Mi hijo ha vencido en este duelo –Se dirigió hacia el caído. – De no haber sido por la inoportuna intervención de la princesa, yacerías sobre tu propia sangre. Lo que ambos han hecho es un crimen imperdonable, traición lo llamo yo. Por respeto hacia tu padre este día conservarás la vida; sin embargo, pasarás lo que resta de ella como prisionero en las minas de sal. Perderás tu título y tus tierras, y si te atreves a poner un pie en mi reino, aquel que me traiga tu cabeza será recompensado. ¡Enciérrenlo!

Cuatro guardias rodearon a ser Gavilliard quien no opuso resistencia. Cabizbajo y sin dirigirle una última mirada a la princesa, desapareció entre las rechiflas de la multitud.

-Considéralo tu regalo de bodas. No saldrás de tu habitación sin escolta ni permiso, todas tus actividades me serán notificadas y seré yo quien las autorice. Eres una niña mimada, ya va siendo hora que te enseñen a obedecer.

La princesa no replicó, sabía que cualquier palabra que dijera no sería escuchada. Guardó silencio, derrotada.

-Acompáñeme, milady –el capitán de la guardia la tomó del brazo, detrás de la máscara se ocultaba el dolor de un padre, mas no lo demostraría-, este no es un buen lugar para que permanezca.

Agradeció en silencio la escolta y se dirigió al palacio, a la espera de un futuro incierto. Los planes de boda seguían en pie, a ninguno de los reinos le convenía cancelar esa unión, pero se había condenado a pasar su vida a lado de un hombre que la odiaría por haberlo traicionado.

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